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Señoras
y señores:
Vivimos la hora
de la revolución
más profunda
y universal que
haya conmovido jamás
al hombre a lo largo
de su historia.
Revolución,
señoras y
señores,
es un cambio rápido,
brusco y violento
que altera el ritmo
de la natural evolución
de las cosas.
Revolución
ésta, a la
que aludo, que afecta
hoy todos los órdenes
de la vida, ya que
apenas habrá
una actividad humana
al margen del vértigo
de las más
hondas y radicales
transformaciones.
Revolución
que ha trastrocado
la política
nacional de casi
todos los países
desde principios
del presente siglo;
tronos seculares
volcado en tierra,
sucesión
de gobiernos y de
partidos al frente
de la cosa pública
en proyección
cinematográfica,
totalitarismos de
izquierda, totalitarismos
de derecha, dictaduras
militares, dictaduras
del proletariado,
regímenes
socialistas, democracias
cristianas, todo
ha sido probado
en cincuenta años
de afiebradas luchas
políticas.
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¨...Necesitamos
Precursores
que vayan
delante del
Cristo esperado
allanándole
sus caminos,
abriendo brechas...¨
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Dos guerras mundiales
separadas entre
sí por cuatro
lustros, verdaderas
hecatombes en las
que desaparecieron
millones de seres
humanos, modificaron
por dos veces la
fisonomía
de Europa y del
mundo, dejando tras
de sí una
rica secuela de
imprevisibles males.
Revolución
social, vuelco de
costumbres, de modas
y modalidades, tan
fuertemente arraigadas
al parecer en la
naturaleza de los
pueblos que nos
sorprenden hayan
caído barridas
por el ímpetu
del temporal que
nos azota. Rebelión
de la razón
contra la fe, rebelión
del sexo y del instinto
contra la razón,
rebelión
de las masas, del
estudiantado, rebelión
de los hijos; se
diría que
el antiguo grito
de Luzbel y su bandera
"Non serviam",
no obedeceré,
no admitiré
dependencia alguna,
se ha apoderado
del hombre enloquecido
de nuestros tiempos.
Y, mientras tanto,
la revolución
universal y profunda
, invade los campos
de la economía
y el arte, de la
industria y de la
ciencia: el hombre
se asoma a las honduras
infinitesimales
del átomo
cuya misteriosa
y potentísima
energía libera
y se lanza hacia
los inconmensurables
abismos de los espacios
siderales.
Nada o casi nada
queda en pie del
mundo que conocieron
nuestros mayores,
al exhumarse el
pasado siglo XIX,
y lo poco que aun
resta no es necesario
tener carisma de
vidente para vaticinar
su pronta liquidación.
Esta formidable
y crepitante crisis
de todas las estructuras
humanas conocidas
por el hombre hasta
la fecha, nos anuncia
el fin más
que de una época
el de una era y
el comienzo de otra.
La magnitud de este
hecho no podemos
medirla en sus exactas
proporciones por
carecer de precedentes.
Es la primera vez
que una revolución
adquiere dimensión
universa, a lo largo
y a lo ancho, vertical
y horizontal.
Algo muere pero
algo nace. La muerte
de un mundo es el
nacimiento de otro.
Sin embargo una
angustia nos asalta,
una inquietud mayor
que la de ver hundirse
un estado de cosas
que rodeó
nuestra cuna, nuestra
infancia y nuestra
juventud; es la
duda acerca de la
configuración
de este mundo nuevo
que surge entre
tantas ruinas y
de la esperanza,
fiel compañera
de toda expectativa.
¿Qué
parte le tocará
a la Iglesia, que
por ser divina sobrevive
al naufragio de
todas las instituciones,
en la gestación
de la nueva era?
Ella, es cierto,
tiene asegurada
su perennidad: "Las
puertas del infierno
no prevalecerán
contra ella".
Nada se dice, sin
embargo, del lugar
que ocupará
en las posibles
civilizaciones a
levantarse sobre
la tierra en el
decurso de los tiempos.
Con todo, no puede
negarse que ha llegado
su más grande
oportunidad.
Esas fuerzas de
unidad y universalidad
(catolicidad) en
el gigantesco movimiento
que agita hoy al
género humano
y que tienden ostensiblemente
a aflorar nos hablan
de sus innegables
posibilidades.
La Iglesia tiene
delante de sí
una tarea y una
responsabilidad
inmensas. Casi estamos
tentados de decir
que juega el todo
por el todo, vistas
las mismas características
que va adquiriendo
el nuevo orden.
¿Será
pues la edad cuyas
primeras luces se
avistan en el horizonte,
la edad de Jesús,
la edad del Cristo
Total, según
la frase de San
Agustín?
¿Aquellos
rasgos acusados
del Cristianismo
medioeval, pleno
de sentido de lo
espiritual, de lo
eterno y de la dependencia
de Dios, vendrán
por fin a confundirse
en un abrazo con
los rasgos vigorosos
de la época
actual, con su sentido
de lo material,
de lo terreno y
de la libertad?
Espíritu
y materia, alma
y cuerpo, autoridad
e independencia,
inteligencia y músculo,
capital y trabajo,
Iglesia y Estado,
Nación y
Humanidad, Dios
y hombre, iniciarán
la edad de la reconciliación
y de la armonía,
madre del orden
y de la felicidad?
Para preparar su
advenimiento, necesitamos
precursores. Los
que vayan delante
del Cristo esperado
allanándole
sus caminos, abriendo
brechas, anunciando
su nombre y la inminencia
de su reino definitivo.
Los que quieran
llenar función
("Adimple Ministerium")
integrándose
a ese mundo complejo
renovando la hazaña
de la encarnación,
haciéndole
asumir al Cuerpo
Místico de
Cristo que es su
Iglesia, todas las
realidades terrenas.
Precursores
de Cristo
en
la nueva
concepción
de la política
que no debe
ser de partidos
sino de
común
de hombres
y de pueblos
en un mismo
bien común.
Precursores
de Cristo
en la prensa,
en la radio,
en la televisión,
en el cine
y en todos
los medios
de difusión
de ideas
que al gravitar
tan decididamente
sobre las
inteligencias
configuran
una mentalidad,
infunden
un espíritu.
Precursores
de Cristo
en
las profesiones
y en la
ciencia
que se destaquen
como figuras
eminentes,
solicitados
por la fama
de sus conocimientos
y de su
probidad.
Precursores
de Cristo
en las industrias
y en el
campo, en
el comercio,
en los negocios
y en las
empresas,
donde marchen
a la vanguardia
con empuje
progresista
pero guiados
por la Justicia
y la Caridad.
Precursores
de Cristo
en las distintas
ramas del
arte, mensajeros
del hálito
de Dios
en la limpia
belleza
de las formas.
Precursores
en fin,
de Cristo,
en las fraguas
alimentadas
por el fuego
del Amor
y de la
Sabiduría
donde se
forjen las
almas una
a una en
la vocación
a que el
Señor
las llame
en la armonía
de una sociedad
orgánica
y jerarquizada.
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Y aquí me
detengo, señoras
y señores,
porque este es el
punto de partida
de todo lo demás
y lo que nos ha
inducido ha iniciar
nuestra obra hace
menos de tres años.
He dicho obra y
no colegio porque
entiendo que aunque
hayamos comenzado
por éste,
nuestra intención
ha sido clara y
manifiesta que nos
sirviera de base
para una empresa
de mayor envergadura.
Un colegio, de
acuerdo al concepto
que hoy priva acerca
de él no
satisface en la
actualidad a las
exigencias de una
formación
integral de la juventud
como la que demanda
el mundo en cuyos
umbrales nos encontramos.
Es preciso salir
a lo que se ha dado
en llamar ciudad-escuela.
Toda una organización
de instituciones
menores semejantes
a las que los hombres
del mañana
deberán constituir
e informar de espíritu
genuinamente cristiano.
Una organización
en la que la enseñanza
se imparta no en
la misma aula por
la cual desfilan
todas las materias
y sus respectivos
profesores, sino
distintos locales
adecuados a la índole
de la asignatura
en cuestión,
más en armonía
con la dinámica
de la edad de los
enseñandos
y de la riqueza
de los conocimientos
a transmitir.
Ambientes de geografía
e historia, gabinetes
de ciencias biológicas
o físico-químicas
en donde la técnica
moderna puesta al
servicio de la pedagogía
ayude a los alumnos
a compenetrarse
de sus lecciones.
Salas de música
adaptadas para aprender
gustando del arte
de los sonidos.
Auditorium para
conferencias pero
también para
el ensayo de los
debates organizados,
en los que se practique
a la vez que la
oratoria y la dialéctica
el respeto por la
persona que habla.
La radio por la
que se propalen
programas confeccionados
y ejecutados por
los mismos estudiantes,
bajo la dirección
de profesores especializados.
Estudios cinematográficos
para el desarrollo
del arte escénico
de imponderable
trascendencia como
lo hiciéramos
notar anteriormente.
No tenemos derechos,
señoras y
señores a
reclamar cine moral
en vocingleras manifestaciones
por la calle y es
estéril nuestro
esfuerzo de encasillar
películas
bajo rótulos
de calificación,
mientras no intentemos
al menos formar
entre nuestras filas
desde los libretistas
hasta las empresas
filmadoras y distribuidoras.
El mensaje cristiano
debe llegar con
eficiencia a todos
los ámbitos.
El periódico,
con su mesa de redacción
y sus salas de máquinas
en el que se hagan
las primeras armas
del que ha sido
denominado cuarto
poder.
Capilla, biblioteca,
talleres, el club
con su gimnasio
y su campo de deportes,
todo en fin lo que
comporta una ciudad,
pero una ciudad
pedagógica,
una ciudad escuela
donde se aprenda
la difícil,
la complicada pero
venturosa existencia
de un mundo mejor
para los que tengan
al decir de Belloc
la gloria combativa
de vivir en este
siglo.
Tarea ciclópea
, sin duda pero
necesaria y realizable:
nuestro máximo
servicio a la causa
de Cristo y la Humanidad
en el filo de estas
dos edades en que
nos puso la mano
misteriosa de la
Providencia.
Nuestra misión,
la de la generación
actuante en estos
momentos se perfila
mucho más
que como formadora
de hombres, creadora
de instituciones
madres de ese mundo
mejor vislumbrado
por la mirada profética
del inmortal Pío
XII.
No escatimemos
esfuerzos, sigamos
tras las huellas
de San Juan El Precursor
, lancémonos
con entusiasmo a
preparar por nuestra
obra los caminos
del Señor
en nuestra Patria.
La gracia de Dios
y la protección
de la Virgen están
de nuestro lado.
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